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Jóvenes españoles exiliados en Brighton están llevando a cabo una campaña de apoyo mutuo para trabajadores de hostelería

Cuando volvió al trabajo después de unas vacaciones se encontró, para su sorpresa, a otra trabajadora en su lugar y, en lugar de finiquito, la frase “no vengas más: ya no te necesitamos”. Sin aviso, sin indemnización… sin apenas excusa. Ella era una inmigrante española sin contrato escrito y con poco dominio del idioma o las leyes británicas y estas, la justicia, estaban del lado de aquellos que la habían humillado. Parecía que no hubiera nada que pudiera hacer.

El caso de Jessica, como comprobó ella más tarde, no es especial sino, por desgracia, prototípico entre los españoles que venimos a buscar empleo a países como Reino Unido. Antes que ella, María había trabajado en una empresa de limpieza que se negó a pagarle las vacaciones que le correspondían; a Silvio le despidieron cuando necesitó unos días libres por asuntos médicos después de varios años cobrando menos del mínimo; Gabriel trabajó en un restaurante donde sufrió acoso laboral y le pagaron menos de lo que le debían (y la policía, por cierto, no hizo nada al enterarse). Cuando leyes y autoridad le dan la mano al empresario dan, además, pista libre para que se vuelvan comunes todo tipo de abusos: impagos, horas extras gratuitas, despidos a capricho, mermas del salario mínimo, vacaciones inexistentes, bulling y acoso sexista… Es el panorama de precariedad laboral que en muchos casos un inmigrante va a encontrarse en el extranjero (por muy bonito que se lo hayan contado).

Campaña de apoyo mutuo

Cada semana cientos de jóvenes españoles emprendemos el exilio, esa cosa –salvando las distancias, pero manteniendo los paralelismos– usada históricamente por los líderes totalitarios como castigo a los disidentes. No es de extrañar: la segunda manera más eficaz de hacer callar a alguien que protesta es mantenerlo lejos. Ahora nos autodesterramos sin delito previo pero el resultado es el mismo: una voz silenciada, menos propuestas en las asambleas, una cabeza menos en una manifestación. Los reyes de la democracia, además,  nos complican el voto a distancia sospechando que aquellos a quienes han hecho irse del país no planeamos entregarles el nuestro precisamente a ellos. Sin embargo, uno emprende este viaje en la soledad pero acaba encontrando compañeros de camino, un puñado de esos “exiliados sin delito” dispuestos a organizarse. En la ciudad de Brighton he encontrado un ejemplo muy inspirador. Miembros del grupo anarcosindicalista SolFed están llevando a cabo una campaña de apoyo mutuo para trabajadores de hostelería, un terreno que es caldo de cultivo de las malas prácticas laborales. Ofrecen ayuda legal, orientación y, en caso de que sea necesario, un apoyo para realizar campañas de presión. Muchos de sus miembros son españoles, muchos tienen curros precarios. Antes de conocerlos yo no tenía certeza de que pudiera cambiarse algo por medio de acciones colectivas; ahora ya lo he visto hacerse, lo he hecho.

También ellos: Jessica, María, Silvio y Gabriel. Dejar de ser víctima y contraatacar es uno de los pasos más difíciles, pero ellos lo dieron, y de forma victoriosa. Con ayuda de todos se presionó a sus jefes por medio de la acción directa: entregas de cartas, reuniones, panfletos impresos, la organizaron los compañeros de trabajo en señal de apoyo… Cuando las demandas no fueron escuchadas se llegó al extremo de los piquetes informativos. He comprobado que un grupo de personas en la puerta de un comercio repartiendo octavillas donde se explique las malas artes del mismo es más eficaz que la policía y mucho menos lento y costoso que la ley. Los cuatro trabajadores consiguieron recuperar el dinero y, ya de paso, la dignidad. Los artífices de esta campaña en Brighton han librado ya una decena de conflictos y han ganado todas las batallas… pero la guerra es mucho más grande.

Una red de solidaridad como meta

La guerra es a largo plazo, es un viaje largo. Para crear una sociedad con leyes más justas hace falta tejer primero una red de solidaridad entre trabajadores, sin fronteras (filosofía que comparten hoy otros grupos combativos como la Oficina Precaria Marea Granate o el Grupo de Acción Sindical en Alemania). “Nosotros queremos ir más lejos: que sea el trabajador el que se organice”, dice uno de los miembros de SolFed respecto al futuro de la por el momento exitosa campaña. “Crear una cultura de apoyo mutuo, haya o no conflictos. Si un trabajador tiene un problema, es problema del resto”. Esa es su meta: que la solidaridad y la auto-organización existan incluso el día que la precariedad y la explotación hayan dejado de hacerlo. Quizá, por tanto, debamos dejar de ver nuestro exilio como un castigo impuesto: es más bien un viaje de aprendizaje. En este caso la lección más valiosa, para mí, es esta: que si nos unimos, si nos organizamos desde todas partes, ningún abuso va a quedar impune y ningún exilio va a ser capaz de silenciarnos.

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